Con-Ciencia y Sin Corbata
El sheriff también batalla
Hace días, en una clase de Relaciones Internacionales, hablamos de Donald Trump.
Y apareció una idea que jamás había pensado.
No porque sea una defensa o una crítica a Trump, sino porque me ayudó a entender otros puntos de vista:
ser la potencia número uno del mundo también cuesta dinero.
Durante muchos años, Estados Unidos puso soldados, bases militares, tratados comerciales, ayuda humanitaria, diplomáticos, organismos, préstamos y una cantidad bastante seria de dólares para sostener cierto “orden mundial”.
Obviamente no lo hizo por buena gente.
Washington nunca fue una fundación.
Lo hizo porque ese mundo también le convenía.
Si tus aliados dependen de tu seguridad, comercian bajo reglas que ayudaste a construir, utilizan tu moneda, consumen tus productos y llaman a tu teléfono cuando hay un problema… resulta que gastar fuera también puede darte muchísimo poder.
En clase lo explicaron de una manera que me gustó:
Estados Unidos pasó décadas siendo una especie de “ciudad en la colina”. El país que decía: este es el modelo, estas son las reglas y, con todas sus contradicciones, aquí estamos para defenderlas.
Y luego llegó Trump preguntando algo fácil:
¿Y a mí cuánto me cuesta todo esto?
Ahí empieza el juego.
Su administración volvió a poner los aranceles en el centro de la política comercial, según el por qué los déficits comerciales, las barreras de otros países y la falta de reciprocidad perjudicaban a trabajadores y empresas gringas. También buscó reducir organismos federales y gasto exterior bajo el argumento de eliminar burocracia, desperdicio y programas que no respondieran directamente a los intereses de Estados Unidos. Esa es, básicamente, la lógica de America First.
Y hasta ahí uno puede decir:
Pues suena medio lógico.
¿Por qué tengo que pagar la fiesta de todos?
El pequeño detalle es que no estabas pagando solamente la fiesta.
También eras dueño del salón.
La ayuda exterior es un buen ejemplo. Mucha gente imagina una cantidad monstruosa del presupuesto estadounidense. Durante años rondó alrededor del 1% del gasto federal. En 2024, Estados Unidos aportó además más del 40% de la ayuda humanitaria registrada por Naciones Unidas.
Desde el regreso de Trump, ese gasto cayó y duro: en el año fiscal 2025 la ayuda exterior bajó a 47,300 millones de dólares, su menor nivel en más de veinte años, y la administración pidió reducciones mayores para 2026.
Entonces me nace una pregunta retórica :
¿Eso es ahorro o estás vendiendo influencia?
Porque una vacuna financiada en África evidentemente ayuda al niño que la recibe.
Pero también compra otra:
presencia.
Relaciones.
Información.
Confianza.
La posibilidad de levantar el teléfono mañana y que alguien conteste sabiendo que le debes algo.
Lo mismo pasa con los aliados.
Trump lleva años preguntando por qué Estados Unidos debería cargar con una parte tan grande de ciertos costos de seguridad. Sus partidarios ven ahí presión para que otros países paguen más y dejen de aprovecharse del contribuyente gringo.
Sus críticos ven que: si empiezas a tratar cada alianza como una factura que debe liquidarse hoy, puedes terminar debilitando relaciones construidas durante generaciones.
Y creo que ahí está el verdadero debate.
No es si Trump sabe negociar.
Claramente disfruta hacerlo.
La pregunta es qué está negociando.
Porque hay cosas cuyo valor no aparece inmediatamente en un estado de resultados.
Confianza.
Prestigio.
Alianzas.
Que tu moneda sea referencia mundial.
Que cuando exista un vacío de poder, los países volteen primero hacia Washington y no hacia Pekín o Moscú.
Hasta Voice of America entra en esa lógica. En 2025 Trump ordenó reducir al mínimo legal las funciones de la agencia gubernamental que la administra. Para la Casa Blanca era parte de ir quitando una burocracia innecesaria; para sus críticos significaba renunciar voluntariamente a una herramienta histórica de influencia americana.
Y eso fue precisamente lo que me gustó de la discusión en clase.
Porque America First puede entenderse como:
“Estados Unidos primero”.
Pero inmediatamente aparece una segunda pregunta bastante complicada:
¿Qué necesita Estados Unidos para seguir siendo primero?
Puede ser que gastar menos afuera fortalece al país.
Puede ser que algunas de esas cosas que parecen gasto eran precisamente el precio de sentarse en la cabecera de la mesa.
No tengo una respuesta.
Pero sí me quedó clarísimo algo:
ser el sheriff del pueblo puede ser carísimo.
Lo que habría que calcular muy bien es cuánto cuesta dejar de serlo.





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