CON-CIENCIA Y SIN CORBATA
El “Chernóbil mexicano”
Hay temas con los que pierdo fácilmente la noción del tiempo. La energía nuclear es uno de ellos. Puedo empezar leyendo sobre una planta y terminar buscando cómo funciona un reactor, qué paso en Chernóbil o cuáles fueron las decisiones que marcaron la emergencia de Fukushima, en Japón.
No soy físico nuclear. Soy ese curioso que abre una pestaña para resolver una duda y termina con veinte abiertas.
Por eso me sorprendió enterarme de un accidente ocurrido en México entre 1983 y 1984. Una historia que involucra un hospital, una camioneta, un yonke y varilla para construcción.
Sí, varilla. De esa que queda adentro de las paredes.
Al caso de Ciudad Juárez normalmente lo llaman el “Chernóbil mexicano”. El apodo llama la atención, pero conviene aclararlo: fue un accidente radiológico relacionado con una fuente médica. No hubo un reactor involucrado, y compararlo directamente con Chernóbil confunde su naturaleza y sus dimensiones.
La historia empieza en 1977, cuando un centro médico de Ciudad Juárez adquirió en Estados Unidos una unidad de radioterapia de segunda mano. El equipo contenía cobalto-60 y su entrada al país no fue notificada a la autoridad mexicana. Nunca se utilizó y se quedó almacenado durante años.
Aquí vale parar a pensar. El cobalto-60 tiene aplicaciones médicas: su radiación se usa para tratar cáncer. Ese uso requiere controles, blindaje y manejo especializado. La misma fuente puede provocar daños graves cuando se pierde su control.
En diciembre de 1983, el equipo fue desarmado por completo para venderlo como chatarra. La cápsula que contenía el material radiactivo se rompió y pequeños gránulos de cobalto quedaron dispersos. Parte de ese material llegó a un depósito de chatarra y después a fundiciones, donde terminó mezclado en varillas y piezas metálicas para mesas.
Lo preocupante es lo normal del recorrido. Alguien retiró un equipo. Alguien transportó metal. Alguien compró chatarra. Alguien fabricó un producto.
La parte comercial siguió funcionando mientras el peligro viajaba.
Y entonces llegó el momento.
El 16 de enero de 1984, un camión que transportaba varilla contaminada activó detectores de radiación cerca del Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México. Así se descubrió el accidente: cuando parte del material ya había cruzado la frontera convertida en mercancía.
Imagínense el trabajo que vino después. Había que reconstruir el camino del metal (trazabilidad), localizar cargamentos y ver dónde se había usado. La Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias documentó la investigación y las labores de mitigación. El Organismo Internacional de Energía Atómica recoge que más de cuatro mil personas estuvieron expuestas. Expuestas no significa que todas recibieran la misma dosis ni que sufrieran las mismas consecuencias.
A mí esta historia me dejó pensando en la facilidad con la que confundimos algo abandonado con algo inofensivo.
Un equipo puede llevar seis años sin usarse y seguir necesitando vigilancia.
También me hizo pensar en los controles que tanto nos desesperan: el inventario, la capacitación, la autorización para retirar un equipo, la pregunta sobre su destino final. Desde un escritorio pueden parecer trámites burocráticos innecesarios. En una operación real, cada uno puede ser la oportunidad de detener un problema antes de que salga por la puerta.
No hace falta trabajar con material radiactivo para entender la perla. En muchas organizaciones hay cosas que todos ven y nadie tiene claramente a su cargo. Se quedan pendientes hasta que alguien decide moverlas sin conocer toda la historia.
Por eso, más que alimentar mi miedo a la tecnología nuclear, este caso aumentó mi respeto por el conocimiento y la responsabilidad que pide utilizarla.
Seguimos aprendiendo a hacer cosas extraordinarias con la materia. Nos toca ser igual de pikys para cuidarlas cuando dejan de servirnos.




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